Desde el café que inicia la jornada en los hogares costarricenses hasta los productos que dan vida a las ferias del agricultor en cada cantón, la ruralidad es el motor silencioso que sostiene al país. Sin embargo, detrás de la brisa de montaña y la esencia de campo, los territorios rurales enfrentan hoy presiones que obligan a las autoridades locales y a la academia a replantearse el futuro del desarrollo territorial.
Bajo esta premisa, la Universidad Nacional (UNA) se convirtió recientemente en el epicentro del II Congreso de la Asociación Latinoamericana de Historia Rural. El evento, titulado “Una historia rural para el presente en crisis”, fue articulado por la Escuela de Historia, el Centro Internacional de Política para el Desarrollo Sostenible (Cinpe) y el programa de Desarrollo Rural de la Escuela de Ciencias Agrarias, en conjunto con la Asociación Latinoamericana de Historia Rural (ALAHR).
Para los gobiernos locales de las zonas periféricas de Costa Rica, las conclusiones de este encuentro resultan vitales. Las zonas rurales no son solo paisajes de postal; son espacios donde la crisis ecológica, social y política se manifiesta de forma más cruda.
Un presente marcado por la presión sobre el territorio
La vicerrectora de Extensión de la UNA, Yolanda Pérez, destacó que el continente atraviesa crisis complejas que solo pueden entenderse desde una perspectiva histórica. En el contexto de la gobernanza local, estas crisis se traducen en desafíos directos para las municipalidades: modelos extractivos que presionan los recursos naturales, la vulneración de ecosistemas clave para el abastecimiento de agua y la concentración de la tierra que desplaza a las poblaciones locales.
Pérez fue enfática al señalar que fenómenos como la deforestación y la industria minera —ejemplificados globalmente en discusiones como la COP30— generan presiones que comprometen la estabilidad y la seguridad de las regiones rurales, afectando directamente la calidad de vida de los habitantes que las municipalidades representan.
La UNA y su compromiso con los territorios fuera de la GAM
El enfoque del congreso también rescató la identidad fundacional de la Universidad Nacional. Rafael Ledezma, director de la Escuela de Historia, recordó que esta unidad académica nació para dialogar con los problemas medulares de la formación del campesinado y la expansión de la caficultura, elementos que dieron forma al Estado liberal costarricense.
“La UNA nació para pensar el país desde sus territorios y comunidades fuera del Valle Central”, subrayó Ledezma. Esta visión coincide con la lucha histórica del municipalismo por descentralizar los recursos y la atención estatal. Para Ledezma, la tradición agrarista de la institución hoy se proyecta hacia temas contemporáneos como el patrimonio biocultural y la ruralidad moderna, aspectos que son eje de trabajo para muchos concejos municipales que buscan proteger la identidad de sus pueblos.
Desafíos en la agenda local: género, agua y tierra
El congreso no solo se limitó al análisis económico, sino que profundizó en las deudas sociales que persisten en la ruralidad. Temas como la violencia de género en el campo y la necesidad de políticas públicas locales que aseguren los derechos de las mujeres rurales fueron parte central del debate.
Asimismo, se discutieron problemáticas que hoy saturan las agendas de las alcaldías en zonas rurales: el cambio de uso del suelo, la disponibilidad de agua potable para el consumo y la producción, y los conflictos por la tenencia de la tierra en territorios indígenas.
Marta Sánchez, decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNA, celebró este espacio como un punto de encuentro donde la investigación académica se proyecta públicamente. Para el ámbito de la gobernanza, este conocimiento generado desde la academia se convierte en una herramienta necesaria para que los gobiernos locales puedan gestionar sus recursos y proteger sus comunidades ante un entorno de crisis global que, inevitablemente, toca la puerta de cada cantón.







